Testimonio de Roger Redondo. El personal de la oficina de Fidel Castro Ruz

Cartas a Ofelia / Crónicas cubanas

chomon4

Roger Redondo al centro, escribiendo un informe al lado de Jesús Carrera. El Escambray, Cuba, 1958.

Cubamatinal/ París, 29 de junio de 2018.

Querida Ofelia:

Te envío este nuevo testimonio de nuestro viejo y querido amigo Roger Redondo, combatiente del Segundo frente del Escambray contra el régimen de Fulgencio Batista.

“Miami, 28 de junio de 2018.

El personal de la oficina de Fidel Castro, ubicado en el edificio del I.N.R.A. no era numeroso.
Lo componían Juan Horta, como secretario de Fidel Castro. Ambos eran amigos desde los sucesos de Cayo Confite, cuando Fidel tenía algo más de 20 años de edad.

María Díaz, hispano-soviética, era hija de un dirigente del partido comunista español de nombre José Díaz, el cual se suicidó en Moscú lanzándose desde el quinto piso del hospital donde convalecía a causa de un cáncer.

María era traductora de ruso y español. Tenía un acento entre cubano y canario. Tal parece que vivía en Cuba desde antes de la caída de Batista. Ella salió del radar público, de la misma manera que llegó. En silencio. Nunca supe nada más de ella.

Mi fuente es uno de los hijos del general del ejército de la República española Vicente Rojo.
Él estuvo en La Habana antes de continuar hacia Venezuela.

Por último el capitán Alfredo Guerra, del que nadie tenía idea porqué era capitán. ¿Cuál era su procedencia? No había sido combatiente de ninguno de los frentes guerrilleros, tampoco lo conocían los revolucionarios en la lucha urbana. Por el acento podía ser cubano o canario.

¿Quién sabe su verdadero nombre? Yo apostaría a que era cubano. Solo era capitán, pero podía hacer cosas que no hacían los comandantes más conocidos de la Sierra Maestra. Poseía un documento firmado por el jefe de la Revolución Fidel Castro Ruz, el que le daba la autoridad. Podía inspeccionar documentación y recibir todo tipo de cooperación en cualquier ministerio u otro centro de poder en todo el territorio nacional.

Yo acompañé a Eloy Gutiérrez Menoyo a varias citas con Fidel en la oficina éste último. Tenía que esperar en la antesala, mientras durara la conversación donde Fidel despachaba. La primera vez que estuve allí, el capitán Alfredo Guerra, sin que nadie nos presentara, se sentó a mi lado sonriendo me estrechó la mano y me dijo – Roger tengo más de cien buenas referencias tuyas, tenía ganas de conocerte en persona.
Era un hombre trigueño, de pelo negro, usaba bigote, de ojos pardos, cincuentón. Muy educado y sobre todo se podía notar que era muy inteligente. Iba al grano sin rodeos.

– ¿Qué te paso en la juventud?- Enseguida me di cuenta de por dónde venía la pregunta. Pero me puse en guardia, usando lo que los guajiros espirituanos llamamos “sacar el arique”. Una tira de yagua de las palmas reales, que se usa para atar, de faja y muchos otros usos. Pero también significa jugar al tonto al bruto. Es un arma eficiente. Un mecanismo eficaz de defensa, cuando estás frente a alguien que no te conoce bien.

El hombre me conocía de referencia. -¿Los problemas de mi Juventud? Los mismos que los de todos los demás pobres del país.

No lo convencí y exclamó: -No, me refiero a lo que te pasó en la junventud socialista.

No le di información verdadera, solo lo que me convenía sobre mi indisciplina.- ¡Oh! Ya éso pasó.

Y me comentó: – Es una lástima que el Che no conociera a Cuba ni a los cubanos y haya manejado muy mal la política en Las Villas.

Estábamos en un rincón del salón, pero allí había otras personas esperando y podían oír algunas palabras sueltas. Yo ya no contestaba, solo lo oía, sin saber si era su opinión o él me estaba provocando para saber la mía.

Eloy salió de la oficina acompañado por Juan Orta. Cuando ya llegamos afuera, le comenté a la rara conversación Él que me contó que López Fresqués, ministro de Economía, le había informado sobre el documento que Fidel había otorgado al capitán Alfredo Guerra, un hombre raro. Y más raro era que Fidel, siendo tan absorbente, le diera esa potestad.

Un tiempo después, por segunda vez me encontré con él. Tuve que llevar a unos republicanos españoles al Frontón Jai -Alai, lugar en el que nunca había estado, pues no entiendo ese juego vasco. Estaba allí el capitán Alfredo Guerra, se puso de pie y nos llamó para que nos sentáramos a su lado. Uno de los españoles era de la España africana, no recuerdo de cuál ciudad, los otros dos eran peninsulares, que yo no los conocía, pues habían llegado solo unos días antes a La Habana.

Conocieron a Eloy por medio de Ignacio González. Ninguno conocía Cuba, ni tampoco yo conocía su ideología, pues entre los republicanos españoles había muchas divisiones políticas, solo lo unían la oposición a Franco.

Me di cuenta de que ya él iba a empezar hablar de política, lo paré, señalándole con la mano a Alfredo Guerra y me dirigí a los españoles. Ustedes siéntense allá en aquellas butacas, que tengo que hablar con este oficial. Yo me quise asegurar de que no hubiera más testigos, y empezó con la misma cantaleta, sobre el Che, pero ya solo estábamos él y yo. Sus quejas eran para que yo hablara con Eloy para que éste influyera con Fidel sobre los planes del Che, el que quería crear en Cuba fábricas de equipos pesados.

Según Guerra en Cuba nunca se podían realizar, siempre serían más barato comprarlos. Que esos esfuerzos era mejor dedicarlos a diversificar más el azúcar y todos los derivados de la caña: alcohol y carburantes; la industria ligera. Le oí su larga lista de cosas que era posible hacer, según su opinión.

Le respondí: -Primero yo te puedo dar la repuesta sin hablar con Menoyo, él no le va a decir nada a Fidel, por dos razones, no tiene ninguna influencia con Fidel, y segundo, no conoce un comino de economía. Si el Che conoce poco él conoce menos. ¿Por qué tú que estás cerca de Fidel no se lo explicas, ya que dominas el tema?

-Se lo he dicho todos los días, pero no hace nada. A no ser que Fidel quiera que el Che se escache (fracase).

Tal como María Díaz, la hispano-soviética. El capitán Alfredo Guerra, desapareció de la misma forma que llegó, en silencio.

En cuanto a Juan Horta, se publicó que la C.I.A. lo había reclutado desde cuando se hacían los preparativos de la expedición del Granma. Se puede deducir que Alfredo Guerra le llegó a Fidel Castro por medio de Juan Horta. Pues no es difícil imaginar la fuente que se le envió a Fidel Castro. Tampoco es imposible que Fidel supiera de antemano todo lo referente a su secretario. Juan Horta montó su oficina, como un centro de desinformación a los yankees. De la misma manera que organizó un gobierno clandestino. Y dos servicios de inteligencia: el D.I.E.R., con personal vinculado a la Embajada Americana; el otro con personal compuestos por hombres de la inteligencia soviética.” Roger Redondo.

Con gran cariño y simpatía desde La Ciudad Luz.

Félix José Hernández

 

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