El libro de las cosas perdidas, de John Connolly

Cartas a Ofelia / Crónicas literarias

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Cubamatinal/ París, 27 de diciembre de 2018.

El autor nos ofrece un libro hermoso, que nos hace recordar nuestra infancia, con sus sueños y su magia maravillosa. Es una verdadera obra maestra de imaginación encantadora. Gracias a la pluma excepcional de Fohn Connolly por habernos hecho soñar de nuevo.

Esta es una obra para jóvenes y adultos que devolverá a los lectores a su infancia, porque « en cada adulto mora el niño que fue, y en cada niño espera el adulto que será ». En esta nueva edición que cuenta con diez bellísimas ilustraciones de Riki Blanco, el autor ha añadido nuevos textos y unas palabras a sus lectores de lengua española.

Mientras la Segunda Guerra Mundial arrasa Europa, David, a sus doce años, llora la pérdida de su madre. Su padre ha vuelto a casarse,  y la nueva familia se ha mudado a una casa en las afueras de Londres, para evitar los bombardeos alemanes. David no tiene mas compañía que los libros. Unos libros que le susurran y le atraen. La realidad y la ficción empiezan a fundirse hasta tal punto que, por una grieta en una antigua construcción del jardín, David entra en un mundo desconocido: el de sus sueños y su portentosa fantasía. En sus trepidantes y en ocasiones terribles aventuras, David se topa con personajes como el Hombre Torcido o el Leñador, con lobos semihumanos  o con un rey cuyos dominios están en decadencia. A lo largo de la novela que trata del poder de las historias y de la literatura, David aprenderá poco a poco a superar sus miedos y a tomar decisiones.

« Érase una vez, porque así es como deberían empezar todas las historias, un niño que perdió a su madre.

En realidad, llevaba ya mucho tiempo perdiéndola, puesto que la enfermedad que la estaba matando era un enemigo sigiloso y cobarde que se la comía por dentro, que consumía lentamente su luz interior, de modo que perdía el brillo de los ojos con cada día que pasaba y tenía la piel cada vez más pálida.

A medida que la enfermedad se la iba robando poco a poco, el miedo del niño a perderla del todo crecía en consonancia. Quería que se quedara. No tenía hermanos ni hermanas y, aunque amaba a su padre, sería justo reconocer que amaba más a su madre  y que no  soportaba la idea de vivir sin ella.

El niño, que se llamaba David, hizo todo lo que pudo por mantenerla viva. Rezó. Intentó ser bueno, para que ella no tuviera que ser castigada por los errores que cometía él. Caminaba de puntillas por la casa procurando no hacer ruido, y bajaba la voz cuando jugaba a la guerra con sus soldaditos de plomo. Se inventó una rutina e intentó ceñirse a ella todo lo posible, porque, en parte, creía que  el destino de su madre estaba unido a las acciones que él realizaba. Siempre se levantaba de la cama poniendo primero el pie izquierdo en el suelo y después el derecho. Siempre contaba hasta veinte cuando se cepillaba los dientes y siempre paraba al terminar la cuenta. Siempre tocaba los grifos del cuarto de baño y los pomos de las puertas un número concreto de veces: los números impares eran malos, pero los pares estaban bien; dos, cuatro y ocho eran los mejores, aunque no le gustaba el seis, porque el seis era dos veces tres, tres era la segunda parte de trece, y trece era un número realmente malo.

Si se golpeaba la cabeza contra algo, lo hacía de nuevo para que el número de veces fuera par, y, a veces, lo hacía una y otra vez, porque su cabeza parecía rebotar en la pared y arruinarle la cuenta o el pelo rozaba la superficie cuando no debía, hasta que la cabeza le dolía del esfuerzo, y se sentía mareado y enfermo. Durante todo un año, en la peor época de la enfermedad de su madre, lo primero que hacía por la mañana era llevar ciertos objetos del dormitorio a la cocina, y lo último que hacía por la noche era devolverlos al dormitorio: se trataba de un pequeño ejemplar de los cuentos escogidos de Grimm y un tebeo  Magnet manoseado. El libro tenía que estar perfectamente colocado en el centro del tebeo, y los bordes de ambos debían estar alineados en la esquina de la alfombra de su dormitorio por la noche, o en el asiento de su silla favorita de la cocina por la mañana. De esta forma, David contribuía a la supervivencia de su madre.

Todos los días después del colegio se sentaba junto a ella en la cama y, si la mujer se sentía con fuerzas, hablaban un rato. Sin embargo, otras veces se limitaba a verla dormir mientras contaba cada fatigoso resuello de la enferma y deseaba que se quedase con él. A menudo se llevaba un libro, y su madre, si estaba despierta y no le dolía mucho la cabeza, le pedía que se lo leyera en voz alta. Ella tenía sus propios libros, novelas de amor y misterio, y gordos tomos de tapas negras con letras diminutas, pero prefería que él le leyese historias mucho más antiguas: mitos, leyendas y cuentos de hadas, relatos de castillos, hazañas y peligrosos animales parlantes. A David no le parecía mal porque, aunque a sus doce años ya no era tan crío, seguía teniéndoles cariño a aquellos cuentos, y el hecho de que a su madre le gustase oírselos leer no hacía más que aumentar su amor por ellos.

Antes de caer enferma, la madre de David solía decirle que las historias estaban vivas, aunque no de la misma forma que las personas, ni siquiera como los perros o los gatos. Las personas estaban vivas independientemente de que les hicieras caso o no, mientras que los perros preferían llamarle la atención si decidían que no les prestas la suficiente. Por otro lado, a los gatos se les daba muy bien fingir que las personas no existían cuando eso les convenía, pero aquello era otro tema muy distinto. »

« Un libro peculiar, y perverso, y humano, con un final asombrosamente lírico.» Irish Time

« Una obra atractiva, mágica y profunda.» Independent

 « Un verdadero cuento de hadas, perfecto para las largas noches de invierno.» Daily Mail

 « Una fábula conmovedora, un derroche de imaginación. » The Times

 John Connolly (Dublín. 1968) estudió  filología inglesa en el Trinity College y periodismo en la Dublin City University. Reside en Dublín. pero pasa parte del  año en los Estados Unidos, donde se desarrollan  parte de sus obras. Es autor de la novela Malvados, y de los volúmenes de relatos de terror titulados Nocturnos y  Música nocturna, así como de la serie de novelas policíacas protagonizadas por el detective Charlie Parker, formada por Todo lo que muere. (Shamus Award 1999), El poder de las tinieblasPerfil asesinoEl camino blanco (Barry Award 2003), El ángel negroLos atormentadosLos Hombres de la GuadañaLos amantesVoces que susurranMás allá del espejoCuervosLa ira de los ángelesEl invierno del lobo , La canción de las sombras y Tiempos oscuros. Connolly fue el primer escritor no estadounidense en ganar el prestigioso  Shamus Award.

El libro de las cosas perdidas. John Connolly. Tusquets Editores, S.A. Colección Andanzas 931. Rústica con solapas. Título original: The Book of Lost Things. Traducción del inglés de Pilar Ramírez Tello.Ilustraciones de Riki Blanco.14,8 x 22,5 cm – 480 páginas – 19 euros – ISBN : 978-84-9066-615-9.

Félix José Hernández.

 

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