Cartas desde el cielo, de Fernando Fueyo Moya

Cartas a Ofelia /  Crónica literaria de un ser humano optimista en la adversidad

cielo

 

Cubamatinal / París, 24 de marzo de 2019

Querida Ofelia:

Conocí a Fernandito recién nacido, gracias a que su madre Nery Moya, era colega profesora de Geografía en aquella E.S.B. William Soler – para muchos “Solar” y no precisamente por su luminosidad, todo lo contrario -. Nery y Francisco – al que llamábamos cariñosamente “el viejo Pancho”- eran mis oasis de tolerancia y de cultura en medio de aquella especie de jauría política que reinaba entre los colegas de  la escuela.

Al lograr salir de Cuba hacia Francia en 1981 perdí el contacto con Nery y su familia, el cual recuperé durante mis viajes a Puerto Rico. Nuestra amistad se ha consolidado y hoy la considero mi Amiga del Alma. Nery y su hermana Maribel son dos seres extraordinarios.

Conservo una bella carta escrita por Fernandito, ya gravemente enfermo en el año 2000, en la cual me escribe sobe su madre y que confía en que yo la seguiría queriendo. Pero querido Fernandito : ¿Cómo es posible que no fuera así?

Hace un mes el Sr. Luis David Fuentes me envió desde Kentucky el libro que acabo de leer y que me ha impresionado no solo por la gran amistad que refleja Fernandito en sus cartas, sino por su carácter optimista y su combate contra la enfermedad.

Se trata de una compilación  de cartas que le escribo Fernandito entre el 1997, en plena salud, hasta el verano del 2000 al final de su joven vida, pero siempre demostrando su alegría de vivir, su Fe inquebrantable en Dios y su espíritu combativo frente a la enfermedad.

Las cartas son el testimonio de una amistad de dimensiones cósmicas, que va más allá del tiempo y el espacio. Un epistolario que hubiera podido aparecer en una obra literaria de Balzac, Hugo o Flaubert, por solo citar tres ejemplos.

“Después de esto, nada me asusta. Todos tenemos una historia  triste que contar y de ella los demás nos nutrimos. La mía no es triste, es un hecho que te comento; míralo así, como lo bueno que has de llevarte, como el soporte para que cuando te quejes de algo tonto y pasajero, recuerdes a este amigo que entre tinieblas ve luces verdes y doradas.”  Fernando Fueyo

A continuación te reproduzco tres de las 62 cartas que aparecen en el libro:

Carta desde el hospital, recién amputado:

 “La Habana, 3 de octubre de 1998.

 A mis incondicionales amigos, a mis fraternos seguidores

 Dicen los médicos (que en su código de ética transportan a todos sus pacientes) que lo más importante para un paciente es su fe en la recuperación, su reposición y fuerza para salir adelante, lo más ileso posible, de las irónicas pruebas a las que la vida te enfrenta.

 Me decían que no me sintiera solo, que mi familia estaba en camino, y yo les decía: se equivocan, mi familia está allá abajo, cometiendo cientos de indisciplinas. No para ver mi miembro amputado -que sería difícil de creer que a alguien como a mí me hubiera sucedido- sino para darme ese apoyo y ese oxígeno, que no creo que en toda la ciencia exista mejor aliciente que ese, y la más sincera expectativa de cómo mejoro, de cómo me siento.

No quiero ver tristezas en sus rostros, no hagan ademanes de lástima, ni gestos de compasión cuando me den la espalda. En mi late un corazón enorme, no lo duden, y he asumido todo esto -gracias a ese espíritu que me ilumina- como algo que debo superar; así como se supera un apagón, una injusticia o una traición -todos molestos y dolorosos- superaré yo este nuevo obstáculo del destino.

 ¿Seré más feliz que antes? ¿Podré hacer todo lo de antes?   ¿Y qué de mi antigua vida?

 Pues sepan queridos amigos: con una madre tan realista y fuerte como la mía, con una esposa, que ahora más que nunca me ha demostrado cuánto me ama y el valor de asumir a mi lado esta pasajera limitación, les aseguro que no me caeré.

Vacía está mi pierna izquierda, pero lleno estoy de cuantas personas se han familiarizado conmigo. Nunca pensé que tantos de ustedes me tuvieran tan en cuenta. Gracias por pernoctar a mi lado. El mejor calmante que he tenido todo este tiempo, para este fuerte dolor, ha sido su incondicional y desinteresada presencia.

Sé que muchos de ustedes no han podido subir y ver mi semblante o mi estado. A ellos les digo que me siento vivo, más vivo que nunca, pues ahora es que se saca de las reservas del valor, lo necesario para seguir viviendo con iguales bríos.

No seré un tullido, pobre del que lo crea. No seré una carga para nadie. Me mantendré siempre activo, intranquilo y aventurero. ¿Quién o qué osará cambiar mi carácter, así dure 10 años menos? Seré yo, seré Fernando el hijo de Nery y Tony.

Sólo espero la llegada de mi madre, estrecharla para que me ilumine felizmente el camino.  Quiero estar con ellos, no quiero que otros sufran o se depriman por mí. Soy igual que todos; seré un poco más lento y sufriré de una locomoción más defectuosa, pero mi mente, pecho y corazón son los mismos. Llevo mis cojones bien puestos, no lo olviden.

No padezcan. Alegrémonos de que no fuera nada más que eso: un trozo de mí que fue a la morgue; yo en cambio seguiré paso a la gloria. ¿No será que ese pedazo inservible de pierna, sería lo que me impediría llegar tan lejos como ambiciono? Podría ser. Dios dispone qué hacer con nosotros.

Los llevaré a todos en mi corazón y siempre que pueda, allí estaré con ustedes; con o sin pierna estaré. Son muchos, identifíquense con este mensaje que les puedo hacer llegar. Nos veremos pronto. Aquí sigo fuerte, sano y feliz.

 De su amigo,

 Fernando.”

 

Reencuentro con su padre biológico :

“San Juan, Puerto Rico. 7 de junio de 1999.

 Hola hermano

Cómo explicarte tan raro suceso que me acaba de suceder. Parece cosa de Dios. Imagínate que mi apellido Fueyo no es común, y por cuestiones médicas voy por casualidad a una oficina que pertenece al mismo centro médico en donde me atiendo.

Te cuento que la enfermera allí empieza a tomar los datos para el ingreso, y al oír mi apellido me dice que hace poco había estado un señor con ese mismo apellido. Yo enseguida le dije: “Qué raro porque ese apellido no abunda mucho, es de Asturias, Gijón, y no es usual oírlo mucho por esta zona del Caribe. Mis padres han sido maestros 20 años y no lo han oído nunca. ¿Ese señor es cubano?”, “Sí”, me dice. “Era cubano y murió en enero pasado, pero su nombre era otro”. Yo me quedé frío, pero incrédulo. Se me entrecortó la respiración y continué preguntando… “Fernando Fueyo Fernández, ¿ese nombre le suena?” pregunté a la enfermera. “Sí, ese mismo era, Fueyo Fernández” contestó ella. Entonces le dije: “Señora, me encantaría que me averiguara bien en sus archivos porque si ello es cierto, ese hombre era mi padre ¡yo no lo veía desde hace más de 20 años y la última vez que hablé con él fue hace 11 años atrás!” Todo el mundo se quedó tieso… a mí los ojos se me llenaron de lágrimas (no salió ninguna para no atemorizar a alguna enfermera y atentar contra la búsqueda de información que necesitaba).

“¿Estás afectado?” Me preguntaban – “No”, respondí, “sólo quiero saber la verdad”. Rápido repartí besos y empecé a reír. Vieron que estaba yo relajado y alguien subió a la computadora de los archivos. Cuando bajó, lo hizo con un papel en la mano, y me dijo todos los datos de mi padre: padres, dirección, número de seguro social y hasta la causa de su muerte. Había ingresado la última vez en ese mismo hospital, el 22 de diciembre (¡yo comenzaba a recibir quimio en esa misma fecha, a metros de él!). Le daban quimio por un carcinoma que tenía ya muy desarrollado en el pecho, era fumador. Luego lo volvieron a ingresar el 9 de enero parque tenía falta de aire y falleció el día 11 de enero de un arresto cardio-respiratorio, ocasionado por el tumor ya irremediablemente avanzado.

Tenía 55 años de edad. Vivió y trabajó en este país desde el año 1988. Tenía su casa y su trabajo como vendedor de helados en una cafetería de cubanos. No era un delincuente como contaban los que dieron noticias de él en Miami. No tuvo antecedentes penales. Se ganaba el pan con su trabajo. Era un hombre honrado y especial, así lo describieron los más allegados a él. Dada su situación de enfermedad, dejó de trabajar y lo recibieron en un albergue del gobierno en donde le dieron alojamiento, comida, ropa, atenciones, tratamien­to médico, medicamentos y hacía vida social con los demás albergados.

Él ingresó en el albergue e1 30 de septiembre de 1998, día de mi cumpleaños, y dos días antes de operarme. ¡Yo llegué a este país y él vivía! ¡Ingresamos en las mismas fechas casi para la quimio y hasta a lo mejor su féretro me pasó por el lado!

Le dieron un entierro lindo y digno. No murió a tiros, (como me decían). Murió como un hombre honrado. Pidió ayuda al gobierno y se la dieron como a todo el que la pide. El que anda aquí de vagabundo es porque quiere o porque su cabeza no anda bien, pues aquí hay alternativas para “los sin hogares”.

Me sentí tranquilo al saber cómo pasó sus últimos días: un comedor decente, limpio y con buena comida, personal fantástico y sobre todo capté que todos lo querían. Mi papá era una persona muy especial con todos, me lo decían, no sólo los de aquí, sino desde que soy nene todo el que lo vio y conoció me decía lo mismo. Dios sabe por qué no sostuvo la comunicación conmigo; me decían los del albergue y del hospital que él decía que tenía un hijo en Cuba. Era de lo único que hablaba.

En su expediente que le fue iniciado al comenzar en el albergue, me pone a mi como familiar cercano, es decir que nunca me negó… ¿Por qué el silencio todo este tiempo? Tal vez le daba vergüenza verme a manos vacías; él no le tenía amor al dinero, era demasiado bueno. Daba lo que tenía sin importarle guardar o conservar, ¡vivía al día!

Me cuenta una experimentada enfermera, que ha visto casos de pacientes que saben de su enfermedad y les da vergüenza que se sepa. Todo el mundo tiene diferentes reacciones ante una enfermedad como el cáncer, pues ésta es mortal, lenta, dolorosa, de pocas expectativas, y él superó lo que pudo, siguió trabajando y cuando no pudo más se fue al albergue del gobierno…

Llegué a su tumba el mismo día de la noticia, pues desde el albergue me fui a la funeraria y de allí al cementerio. Quedé frente a su lecho en menos de cuatro horas, después de saber el parecido de su apellido y el mío, gracias a la bendita memoria de aquella enfermera.

Me dio tristeza que allí estuviera sin lápida ni flores (porque eso le corresponde hacerlo a la familia); entonces le hice con mis manos su provisional lápida hasta que le pueda hacer una permanente. “Vivirás en mí hasta que muera el sol. De tu hijo que te amó y amará, Fernandito” (1943-1999), le puse. Ya no estará más solito. Le haré compañía en lo adelante; le llené la tumba de flores amarillas, de rosas rojas, de bellos gladiolos. Le hice un poema por el día de los padres y se lo dejé allí en el camposanto, para que se lo leyera él solo después; yo sé que estaba sentado en su tumba, cabizbajo y sólo, cuando llegué al lugar, y mis lágrimas humedecieron su seca tierra; se levantó de alegría y se llenó de gozo. “¡Aquí está tu hijo!”, le dije, “que te hubiese querido como quiera que hubieses traído tus manos, si llenas de llagas, si vacías, si leprosas, eran tus manos, papá”. Él no sabía la estatura de su hijo. Espero se revuelque de alegría por este póstumo encuentro. ¡Yo lo estoy!

 Te quiere y besa,

 Fernando.”

 

Segunda operación médica:

 

“San Juan, Puerto Rico.13 de diciembre de 1999.

Hola: Les hago este mensaje con mucha prisa y se los envío a Liam, Luisi y Eidel para ponerlos al tanto de mis últimos resultados médicos.

Resulta que en el último chequeo de CT (tomografía computarizada) de pecho, salieron más lesiones, contamos como cuatro nódulos más; al parecer la quimioterapia los contuvo un tiempo, pero parece que se acabó “la pachanguita” esa. Ahora el tipo (cáncer) se encabronó de veras y ha atacado fuerte…

Como resultado, el próximo jueves, es decir, en par de días, ingresaré en el  cardiovascular para someterme a una operación idéntica a la anterior, sólo que esta vez la masa que me ha crecido es algo más desarrollada que la primera, y está comprometida la Pleura. El cirujano me dice que si tiene que sacarme una o dos costillas, lo hará… ¡Del carajo la chapistería esa!

Se preguntarán por qué les cuento esto con tanto espíritu deportivo, y creo que es por dos cosas. Una, que me encanta el deporte y dos, porque si de algo puedo presumir es de espíritu, y eso me mantendrá siempre como el Fernán que conocen, ¡el sano, fuerte y feliz! Así que a la batalla de nuevo; no sé cómo será todo después de esta operación; no sé hasta dónde tenga el cirujano que dar cuchilla para llevarse lo maligno; no sé hasta dónde seguiré siendo erguido, y no sé hasta dónde me dará el aliento para reír en los futuros chistes que haremos juntos. Nada de eso sé, pero lo que sí sé es que no dejaré ni de soñar, ni de reír, ni de andar erguido.

Así que espero me tengan en forma positiva en sus mentes, y como siempre han hecho, sigan deseándome lo mejor.

El plan para después de operarme y recuperarme, es retomar el tratamiento con altas dosis de Ifosfamida y luego ver si encuentro en alguno de los centros de investigación de sarcomas, en USA, algún protocolo novedoso que logre controlar mi tipo de cáncer… que es uno de los más agresivos, razón por la que las expectativas de los doctores siempre han sido muy poco optimistas, basados lógicamente, en las estadísticas. Pero aunque las leo y estoy consciente de ellas (pues conozco mi condición tanto que hablo de tú a tú con ellos), no me engaño, simplemente no me resigno a dejar de luchar, ni me resigno a dejar que me llegue el final sentado y cruzado de brazos… lucharé amigos, lucharé tanto, tanto, que aunque me caiga en pedazos o me lleven pieza a pieza a la morgue, la última será de seguro la cabeza.

Entiendo que los pronósticos médicos son evidencia a considerar, pero por este camino que transito debo también obviar y hasta ser incrédulo con ellos, pues si algún por ciento está a tu favor, ese tienes que aprovecharlo mandando al carajo los pronósticos. Y eso es lo que hago, mando al carajo mentalmente a los desahuciantes (que no son pocos), y le doy crédito a los más optimistas, naturópatas generalmente.

Dicho sea de paso, estoy incursionando en un nuevo sistema -naturópata totalmente- contra el cáncer; eso sin dejar la quimioterapia a un lado, pues mientras pueda recibirla, bienvenida sea la química. Eso será un ataque en segundo grado, pero paulatinamente tomará más importancia hasta convertirse en la primera opción cuando no me puedan suministrar más quimio por sus efectos y toxicidades. Pero esperemos que eso aún demore. Veremos la cirugía qué tal termina, y después si logro encontrar un tratamiento, en fase de investigación, que sea provechoso para mi tipo de cáncer, según entiendan los médicos.

Pues queridos amigos, los he puesto al tanto de cómo andan mis cosas. Ingresaré el miércoles y me operarán al otro día en la mañana, así que para el jueves en la tarde seré un robot nuevo ¡ja, ja, ja! pero aún debo engrasar algunos sistemas.

De veras les digo que mientras más cerca veo el peligro de perder la vida, más belleza veo en ella… no esperen a verse en mi lugar para darse cuenta que lo importante no es contabilizar, sino cualificar los minutos, los días y los años…respiren, disfruten y amen lo bello.

Les estima,

Fernando »

 

Cartas desde el cielo. De Fernando Fueyo a Luis David Fuentes. Edición de Luis David Fuentes, PE. Diseño interior y cubierta de Elizabeth Alarcón. 15 x 23 cm. © Luis David Fuentes, 2012. ISBN: 9781-4675-5461-9

Te lo haré llegar a San Cristóbal de La Habana, por la vía que suelo utilizar, para que después de leerlo, lo hagas circular entre familiares y amigos.

Un gran abrazo desde estas lejanas tierras allende los mares,

Félix José Hernández.

 

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