La escapada, de Gonzalo Hidalgo Bayal

Cartas a Ofelia / Crónicas literarias

 

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La escapada, de Gonzalo Hidalgo Bayal

Cubamatinal / París, 20 de abril de 2019.La excelente pluma de Gonzalo Hidalgo Bayal, nos ofrece una magnifica novela sobre el regreso al pasado, gracias al reencuentro con un amigo de juventud, con los sueños de juventud y una época que estuvo llena de desaliento. Una nueva obra maestra del autor sobre el tiempo que pasa inexorablemente y… que suele vencernos.”

“El caso es que de pronto, hace dos meses, un sábado a media mañana, justo cuando acababa de comprobar que Los rateros seguían en el montón y cuando, libro en mano, me disponía a iniciar el rito de costumbre (el abuelo dijo, Boon Hogganbeck, 276 páginas y dijo Everbe), advertí que alguien se situaba a mi lado y miraba de perfil el libro con la misma estrategia subrepticia con que en el metro algunos viajeros leen los titulares del periódico por encima del hombro del vecino (cuando se leían periódicos en el metro, cabría añadir y, teniendo en cuenta lo que sigue, no sería ningún despropósito añadirlo). Pensé que tal vez fuera el comprador accidental que los rateros llevaban esperando ya varias semanas y, como no quería que el librero perdiera una venta por mi azaroso pasatiempo (tampoco había asistido nunca in situ al desenlace del juego e ignoraba qué sensación me produciría el expolio, ver ¡con mis propios ojos! cómo Los rateros se alejaban definitivamente en otras manos), dejé de lado los restantes ingredientes del rito y me apresuré a devolver el libro al montón. Me equivocaba, sin embargo.

No se trataba de un comprador y enseguida pude además comprobar que tampoco era exactamente el libro lo que había llamado la atención del paseante. Fue en el momento en que solté el libro y fue porque habló. Al miserable nunca le abandona la miseria, dijo. Me volví entonces, con precaución, y me encontré (ganas me dan de recurrir a la antigua prosa enclítica: volvime y encontreme, incluso de abatir tan ascéticos pretéritos bajo sus viejas tildes: volvíme y encontréme) frente a un individuo un poco, muy poco, más alto que yo, cetrino, oscuro se diría, y desconocido. Hay gente pintoresca en todas partes y tal vez sobre todo en Madrid, en el centro de Madrid, de modo que pensé que me encontraba ante alguien de ese gremio del desvarío callejero.

Me incomodó que el sujeto siguiera mirándome y decidí largarme. Fue entonces, ante mi perplejidad, cuando volvió a hablar. Bayal, dijo. Lo miré con desconcierto e incluso con vergüenza. Y no tuve otra reacción que recuperar, como escudo, Los rateros. Es cierto que en algunas, muy raras, ocasiones alguien me ha reconocido, en territorio cultural, cabría decir, y siempre me ha abrumado ese reconocimiento. Nunca, sin embargo, me había ocurrido con tan extravagante retórica. Ahora, además, tanto las primeras palabras del sujeto (la miseria de los miserables), como la sonrisa con que pronunció mi apellido, que me pareció moderadamente irónica, me hicieron pensar que no se trataba de un lector, sino de alguien a quien conocía.

Podía tratarse de un antiguo alumno, pensé enseguida, alguien acaso sometido a las sevicias gramaticales y polivalentes del antiguo bachillerato (tuve en tiempos alumnos de mi edad, e incluso mayores, alumnos de horario nocturno, aunque no creo que me llamaran nunca Bayal). De modo que allí estábamos los dos, ante Los rateros y, para mi vergüenza, incapaz de reconocer al pronto a quien me interpelaba y con la certeza de que tenía la obligación de reconocerlo.

Quien te habla con esa confianza y ese humor o te conoce o es un bromista irredento. Y quien me hablaba no tenía aspecto de lo segundo. Bien conocido es el prototipo de simpático maleducado, un individuo verdaderamente insoportable. Con todo, recordando un reciente propósito, me contuve. Fue, creo, en primavera cuando alguien me llamó por mi nombre (solo el nombre) en el Postigo de San Martín. ¿Nos conocemos?, pregunté. Y nunca me arrepentiré lo suficiente de esa respuesta mía, aunque no era una respuesta culpable. Explicaré por qué. Soy mal fisonomista y más de una vez y más de dos me he visto en el trance de no reconocer a quien me saludaba (por lo general, como digo, algún antiguo alumno: es siempre mi primera idea) y, peor aún, de saludar a quien creía reconocer sin conocer.

De ahí que en esta ocasión pretendiera recuperar del pasado la imagen de quien me hablaba. No era el caso. No nos conocíamos. Un lector, dijo. Y no hubo más. Se fue alejando y yo quedé (o quedeme) apesadumbrado. Porque supuse que había entendido de modo torcido mi pregunta, no como un intento de fijar el pasado, sino como una forma grosera de quitármelo de encima: ¿acaso nos conocemos como para que me llames por mi nombre en plena calle?, esto es, como propia de un antipático maleducado, que es acaso categoría peor (así piensan los maestros).

Me propuse entonces reaccionar siempre con prudencia y con buen humor en tales circunstancias, si es que acaso volvían a producirse. Ahí estaba, pues, ahora, en el pasadizo de San Ginés mirando a quien acababa de pronunciar la palabra «miseria» y la palabra «miserable» y sabiendo que esas palabras sí provenían del pasado pero sin conseguir fijarlas en qué tiempo ni en qué lugar. Fue entonces cuando dijo su nombre, no su nombre oficial, que tal vez en ese momento yo no hubiera recordado ni reconocido (el solo nombre, digo, sin apellidos, que por el hilo siempre se llega al ovillo), sino el nombre con que sabía que le llamábamos nosotros a sus espaldas tiempo atrás, mucho tiempo atrás. Foneto, dijo.

Y me costó acomodar el semblante presente con la imagen antigua que no sé si recordaba o que se había ido acomodando con el tiempo en mi cabeza. Siempre he sabido que sería incapaz de trazar un retrato robot como testigo accidental de un crimen, ese al que luego persiguen con saña los asesinos para que no pueda prestar testimonio ante el jurado, y por eso tengo grabada con tinta indeleble en la memoria una frase de Poe: «Reconocemos a nuestro vecino, pero no sabemos dar razón de ese reconocimiento». Pues bien, allí estaba yo con el ejemplar de Los rateros nuevamente en la mano y allí estaba Foneto frente a mí y no era desde luego el Foneto que yo recordaba, aunque todo se hizo presente de pronto, actualización de un déjà vu remoto y subterráneo.”

El encuentro casual con un antiguo compañero de universidad del que no ha tenido noticia en cuarenta años sirve de estímulo al narrador para recuperar recuerdos y episodios de los viejos tiempos. Enseguida descubre que, en lugar de la brillante carrera intelectual que habría merecido, su amigo terminó hallando refugio en el quiosco que heredó de un tío, un negocio que ahora, recién jubilado, y sin continuidad comercial posible, dada la inexorable decadencia de la prensa, se muestra como ocupación propia de un tiempo extinguido. Después, mientras recorren los antiguos escenarios del Madrid de su juventud, el amigo evoca las relaciones ingenuas y remotas con las tres únicas mujeres que dejaron huella en su memoria. Hidalgo Bayal nos lleva a una época en la que dos amigos lo tenían todo por hacer y parecían vivir sin aliento, justo antes de que sus vidas tomaran el rumbo definitivo.

«Siempre que leo un libro nuevo de Gonzalo Hidalgo Bayal, me reafirmo en que es uno de los más destacados novelistas españoles de las últimas décadas. No entiendo cómo todavía no ha obtenido un gran premio.» J. Ernesto Ayala-Dip, Babelia (El País)

“Averiguar por qué “un hombre brillante echa a perder su brillantez” hasta acabar de quiosquero en una ciudad de provincias es uno de los hilos narrativos de La escapada, la línea épico-bufa teñida de tonos melancólicos, a la que se suma la biografía lírico-amorosa, no menos desdichada, pues en esa indagación la vida aflora como un “aprendizaje de la frustración o, en último extremo, de la desolación”. Y aun así, seguimos merodeando. Acaso porque de vez en cuando en el escaparate de una librería a uno le detiene un título: La escapada. ¿De Faulkner o de Hidalgo Bayal?» Ana Rodríguez Fischer. Babelia (El País)

Gonzalo Hidalgo Bayal nació en Higuera de Albalat (Cáceres) en 1950. Es licenciado en filología románica y en ciencias de la imagen por la Universidad Complutense de Madrid, y ha sido profesor de literatura en Plasencia. Es autor de las novelas Paradoja del interventorCampo de amapolas blancasEl espíritu ásperoLa sed de sal y Nemo, y de los libros de relatos Conversación y La princesa y la muerte.

La escapada. Gonzalo Hidalgo Bayal. Tusquets Editores. Colección Andanzas 937. © Gonzalo Hidalgo Bayal, 2019. Rústica con solapas – 14,8 x 22,5 cm – 304 páginas – 18,00 euros – ISBN: 978-84-9066-639-5

Félix José Hernández.

 

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